Hace 13 años
Beauty
el olor del tabaco,
las camisetas sin etiqueta,
''no tengo hambre'',
las malas canciones que odio,
el gran Charles,
la Última Noche,
el vino.
Impronta de vacío
Impronta de vacío,
o el hueco
que deja la nada
en esta solidez de abismo.
Imagina la huella
maciza, inconmovible,
de nada en absoluto
incisa sobre un ahora eterno.
El tiempo sostiene el paso.
Huye mientras persigue
rajado de cicatrices sin Ser:
sobre vacío, impronta de nada.
Nada es para tanto
El éxito y el descanso; el fracaso y el silencio.
Al otro lado del resultado, del marcador, del índice bursátil, nada cambia. Pasada la cinta roja en la línea de meta, la carretera es la misma. No hay plenitud, solo planicie.
''No te frustres si no lo consigues''. ''Que no se te suba el éxito a la cabeza''. Estrés. Si ganar y perder son como las dos caras, lanza la moneda al aire. Siempre saldrá cansancio, aderezado con alguna emoción pasajera. La subida y la deriva toman direcciones opuestas pero chocan al otro lado del círculo.
Yo digo que todo sea mental. O que ya lo es, admitámoslo. No hay golpe ni corona que desactive la guerra. Sólo impulso hacia el horizonte, eterna lejanía. Eterno imposible. Como el éxito, como el fracaso.
Nada es para tanto.
violentĭa
Nos arrastra azotando corriente del agua violenta
turbulencia tremenda de metal ciclónica
entre vueltas y restos carne rota en el torbellino
que gira que nos retuerce implacable imparable hacia atrás
remolcados sin concesión en el abrupto secuestro
veloz, verde, divino de una ola mayúscula
hacia el centro
estirados de las piernas fuertemente
amarrados los tobillos en cuerdas de espuma
la marea inmensa nos agita con potencia de caballo león
nos ingiere sin devorar, sin masticar
hacia el centro donde no queda oxígeno.
hierve la sangre a golpes, nervios estrujados
el viaje es rápido pero maldito viaje
bañado.
y eso que, al salir, nos secamos.
Hoy quiero ser basura
A veces hay que ser basura.
Que el alcohol nos embrutezca y que no se acabe el tabaco.
Que salgamos de un local y entremos en otro sin pensarlo demasiado.
Que esté todo lleno de humo y no distingamos las caras de los demás.
Que nadie mire el móvil.
Que perdamos las formas para siempre, porque no somos plastilina.
Que empecemos cosas que no se puedan terminar.
Que nos peleemos con alguien, con rabia, con ganas de matar.
Que sangremos.
Que nos raspen las escamas.
Que nos cosan la piel con aguja después de los bocados.
Que hablemos lo justo antes de follar.
Que no reflexionemos sobre filosofía porque este puto mundo no tiene significado.
Que nos sentemos sobre suelo del baño mojado, mojados.
Que tengamos frío, pero no asco. Asco nos dará mañana, maldita sea.
Que la vida no recuerde esta noche porque sería traumático.
Que las neuronas en ebullición no molesten, y se evaporen.
En fin. Que sigamos vivos mañana, pero por no hacerle un feo a nuestras absurdas obligaciones.
brújulas, nómadas
Perderse requiere un punto de partida o una meta; una dirección o un remitente; una referencia que en algún momento hemos dejado de encontrar. ¿O no? Uno no puede estar perdido respecto a nada. Y entonces, ¿para qué sirven las brújulas, los mapas o la estrella polar, si no sabes qué es hogar?
Yo, algunas veces, me siento lejos. ''Lejos'', otra sensación que parece necesitar relación con algo para tener sentido. ''Lejos de mí'', ''lejos de casa''... En cualquier caso, a demasiada distancia de algo deseado. ¿Por qué? Si no pertenecemos a ningún sitio ni persona, si no existen destinos ni comienzos. Si, al fin y al cabo, nunca podemos saber si estamos en el lugar correcto, o es el equivocado.
No sé, si el libre albedrío es lo que nos hace humanos, las constantes para mí no tienen ninguna razón de ser.
Lejos ¿de qué?
si no sé dónde estoy.
si no sé dónde estoy.
game over
La lógica contractual del derecho y la obligación es una lacra. La mayor de las que dominan el distorsionado patrón de funcionamiento de las relaciones emocionales, cada día más descaradamente cínico. Nociones como el dar sin preocuparse de recibir o actuar en función de los dictámenes del amor propio no pueden, en mi opinión, diseñar el día a día; mes a mes; año a año de nuestra vida sentimental.
Miento, sí que pueden. De hecho así funciona la mandanga hoy. Quien gana la discusión se lleva el premio, sí, pero uno que no tiene recompensa. No me parece descabellado pensar que si recuperásemos (¿la hemos tenido alguna vez?) un poco de generosidad, no sería el divorcio el destino de la mayoría.
Para mí, la generosidad es lo que hacemos más allá de aquello que conforma nuestro 'deber' inapelable, fuera de lo que sabemos justamente exigible ante una auditoría de nuestros actos. Es todo lo que decidimos en pos de los instintos constructivos por encima de los ególatras. Es olvidar el miedo, el rencor, los espejos... en fin, muchos enemigos que matar en un juego que no permite guardar la partida.
Yo creo que lo más humano sería aceptar que no es el orgullo sino el coraje nuestra arma más poderosa para pasar a la siguiente pantalla.
cambios de temperatura
Nos vemos al final de la noche. Cuando ya no estamos allí. Serán eso de las 05.30 am y la barra ha cerrado. O eso se inventa el camarero para echarnos de una vez. El caso es que no nos vamos porque, como he dicho, ya hace rato que nos hemos marchado.
Aun así, entre la multitud que convenientemente no nos rodea, yo miro la botella como si me interesara sobremanera la información nutricional y otras ironías impresas sobre la etiqueta. Y mientras tú, tú miras los vasos, pero a ti sí te interesa la figura que se desdibuja grabada en el fondo.
Bebemos y la noche avanza porque, afrontémoslo, no puede ir hacia atrás, ¿no? Esta música me suena a cover brillante, quizás roja, con toques grisáceos de éxito indie internacional. Incendia pero no llega a quemar, como siempre... Y pienso ''claro, si no, ¿de qué vivirían los bares?''
En fin, el alcohol se acaba y mis amigas gritan que salgamos a fumar.
En la calle hace frío, lo intuyo por la expresión en sus caras y el color de mi nariz. Ellas piden fuego y ríen mientras charlan con unos chicos al lado. Saco las manos de los bolsillos y de pronto no comprendo por qué yo no estoy helada. No me importa, esta sensación es inexplicablemente agradable. Recuerdo el refrán que siempre dice mi madre sobre el caballo y el diente, y mando a mi cerebro a callar.
Es obediente. Pero también es tarde. Mascullo una despedida y me largo. En alguna parte, tú también te vas.
Por el camino, pienso en el fuego y el hielo que invaden, en guerra, la ciudad. Los hombres y las mujeres están calientes. Quieren una excusa para encontrarse. Quieren beber y después follar. Quieren aprovecharse de sí mismos y, si todo sale bien, de los demás. Todos quieren calor en casa y cierran la puerta, pero dejando abierta la ventana de atrás.
Hace frío en la verdad y verano en las conversaciones. Y todos salimos y entramos corriendo sin parar a respirar. Y así estamos: en alerta de una nueva gripe mental de transmisión sexual.
Ahora entiendo por qué no siento ninguno de los extremos: no los combato. Y es que algunas veces, el silencio es el mejor de los diálogos. Eso que nunca es mentira y jamás se hace realidad. Nos vemos en los espejos y así siempre, siempre existe un reflejo que en plena guerra nos devuelve paz.
Futuro y otros absurdos
Si esta noche tu vida terminara, mientras duermes, mañana por la mañana comenzaría a sonar tu despertador.
''Biiiip, biiip, biiip...'' o algún otro sonido. A las 07.00, a las 08.00, a las 09.00, o a alguna otra hora intempestiva. La endemoniada máquina, sin duda de los peores inventos de nuestra civilización, comenzaría a hacer su trabajo de forma mecánica y más irónica que nunca. Es posible que no hubiera nadie para apagarlo.
Esa última rebanada de pan de molde para el desayuno se quedaría en el paquete. Y, asumámoslo, nadie querría la compra de un muerto, así que probablemente el resto de alimentos de tu frigorífico irían a la basura. Quizás allí sí que los recogería alguna persona ajena y desconocedora de su procedencia. ¿Qué más da? Es comida. De hecho, si así sucediese, el recogedor de los ''restos'' se sentiría extrañado al ver tantas cosas desperdiciadas antes de su fecha de caducidad y exclamaría algo así como 'hay que ver lo que tira la gente'.
Las citas que tenías concertadas se presentarían en los lugares de encuentro. Esperarían unos diez o quince minutos y comenzarían a llamarte incesantemente. Porque, por supuesto, tu móvil seguiría sonando una y otra vez independientemente de la temperatura de tu cuerpo y los latidos de tu corazón. Y lo haría hasta que se le acabara la batería. Qué gracioso, ¿no te parece? Es como si el teléfono fuese una mascota capaz de morir de pena sin los cuidados de su dueño. Pero bueno, a menos con los smartphones este problema se solucionaría antes.
Eso sí, si tuvieras una verdadera mascota, probablemente ladraría, maullaría, cantaría en su jaula o, simplemente, continuaría nadando en su pecera. Es lo que tienen las mascotas silenciosas, que no molestan.
Así, infinitamente: la primera persona que volviera a encender la radio de tu coche escucharía el disco o la emisora que tú programaste la última vez; las campañas de telemarketing no cesarían de dejar mensajes en tu contestador; el último cotilleo sobre tu vida sentimental continuaría vivo en las bocas de los que te rodean; las zapatillas permanecerían a los pies de tu cama...
¿Y el despertador? El despertador seguiría sonando hasta que alguien entrara en tu habitación, y lo apagara.
A veces me pregunto cómo sería la vida si no existiesen en nuestras mentes los conceptos 'luego', 'mañana', 'el año que viene'. Si fuésemos conscientes de que realmente no tenemos ni puta idea de lo que va a suceder. Me resulta difícil entender como hemos llegado a este punto de autoprogramación siendo tan frágiles: asumimos lo que va a pasar, definimos lo que haremos, nos preparamos para el futuro, planeamos cada segundo de una vida que no sabemos si existirá, intentamos olvidar que todo puede acabar en cualquier momento. La tensión temporal me parece insoportable, pero es ya tan absurda como inevitable.
Soy lenta.
A veces los grandes cambios se camuflan en la rutina.
Frío, calor; calor, frío, tempestades. Nada fuera de lo normal. Estaciones que se asumen como se rellena un formulario. Árboles que florecen y pierden las hojas. Calles que se inundan de personas en verano y de agua en otoño. Habitaciones que se redecoran para sobrevivir al estrés. El negro se viste de rojo y el rojo ha invadido el mantel.
Entre nuevos y viejos amigos, descubrimientos asumidos y pérdidas que pasan desapercibidas, todo sigue igual y todo cambia al mismo tiempo. Todo sigue cambiando pero se queda tal cual.
Hace mucho que duermo poco; que fumo menos; que no bebo té. Todas las mutaciones y viajes me parecen naturales, no las he visto venir. El café, las drogas, el carné de conducir, las cuotas de la Seguridad Social, los polvos improvisados... Todos se han colado en la fiesta sin que me diese cuenta de que su presencia sí, ciertamente cambiaba las cosas.
Hace poco tuve una conversación con un niño pequeño muy curioso. Tendría unos diez años y recuerdo que me resultó de lo más ocurrente, hasta pensé que tendría futuro como copywriter... en fin. Hoy, al contarle a una amiga la historia, he sufrido una pequeña embolia cerebral al decir las palabras ''el otro día hablé con un niño pequeño de lo más gracioso...''.
No dije 'hablé con alguien' ni 'me contaron algo muy gracioso ayer'. No, porque no habría tenido sentido. El interés de la anécdota radicaba en el hecho de que aquellas palabras hubieran salido de 'un niño'. Y uno no se fija en lo ingenioso de un niño hasta que ya no lo es...
Lo que quiere decir que el niño ahora es 'un niño', y yo no. ¿Desde cuándo? ¿A partir de qué edad dejamos de sentarnos en la ''mesa de los peques'' en las bodas? ¿En qué momento cambiamos el concepto de ''llevarnos bien con los demás niños'' por el de ''se nos dan bien''? ¿Desde cuando formamos parte del otro lado? Yo creo que estábamos tan concentrados en parecer mayores que no hemos visto venir que realmente nos hacíamos adultos.
No sé hace cuánto tiempo, entre estaciones, costumbres, ligues y otros cambios imperceptibles, ha ocurrido el más grande de todos. Pudo ser hace once años, pero me dí cuenta ayer.
reflejos
Un mar de luz inunda el mármol blanco, impecable, rígido, impío. Redunda en su albura y frío mientras se abre paso a latigazos entre las fibras sensibles de los dedos de sus pies. Que descalzos se deslizan sobre el suelo saboreando cada escalofrío que estremece mucho más adentro de la superficie de su piel.
¿Qué es esta sensación? Hormigas que se transforman en pellizcos y en cosquillas para terminar en calor. Sus pasos siguen adelante con dificultad, frágiles y temblorosos. Seguros y decididos, sus nervios envían el mensaje opuesto hacia los sesos: ¿qué es este contraste? ¿Quién es el suelo y por qué me impide caminar?
A medio camino entre su cama y ninguna parte, sus pies se encuentran con los míos y, ¡joder, qué puto frío! En dos o tres pulsaciones descifro el morse que bombea su sangre y me sorprende... Antes su piel sonaba sencilla y alegre como los geranios que decoran su balcón, y hablaba de música con las manos y tiritaba estremecida si despertaba escuchando jazz.
No sé que le ha pasado. Sus dedos, diminutos, me cuentan que desde hace tiempo el espejo en el que solían mirarse les devuelve un nuevo reflejo. Les ilumina una nueva luz, más cegadora y ávida de calor; más adictiva e invasora, les muestra ahora una vaga silueta donde antes su rostro hacía arder todas las esferas. Y os aseguro que entre sus facciones se sembraban girasoles y claves de Sol... Y ahora, ¿ahora? ¿Qué es esto? Si la miro así unos segundos más me convence de que ha disminuido y quien era antes ya no existe más.
Pero no, a veces cerrando los ojos, los labios y las manos recordamos mejor, porque recordamos sin la pesada carga del estímulo convincente y falso de los sentidos y filtros de la atención. La guío hasta el espejo: Destruyámoslo, aunque eso signifique caminar algún tiempo sobre cristales rotos. Me mira a los ojos, antes de decidir qué hacer...
Hay reflejos que, apoyándose en la aprendida credibilidad que otorgamos a nuestros ojos, nos mienten a la cara. Hay reflejos en los espejos, en las personas, y en las palabras. Los segundos son los más peligrosos.
No duele
Al amparo de los días nublados me siento sobre el asfalto gris de la cornisa de mi ventana para terminarme el café. Ana tiene razón: no está demasiado bueno. Me arriesgo al viento, ya no enfermo tan fácilmente como antes... aunque ese es otro tema. No es mi salud médica el tópico de disertación.
Hoy he leído que en Tokio están surgiendo negocios como restaurantes y diners robotizados. Parece ser que el país líder mundial en este tipo de tecnología ya sabe cómo sustituir esa molestia que es la torpeza humana de sus camareros (e incluso de sus showgirls) por máquinas equipadas de inteligencia artificial y rasgos cada vez más fieles a los de nuestra anatomía. Imagino que el siguiente paso es lograr que emitan algún tipo de calor que nuestros martilleados cerebros paulatinamente confundan con el de otra persona.
Quizás lo consigan. No me extrañaría que, dentro de algunas décadas, sea habitual caminar por las grandes avenidas 100% escaparateadas, neonizadas y plastificadas de nuestras capitales jugando a señalar arbitrariamente a alguien y desafiando a quién nos acompañe a adivinar: ''¿person or robot?'' (en inglés o en chino, por supuesto). Ya sabéis, en plan novela distópica de Orwell o Huxley, pero en 3D, HD y sobrecogedor.
Abajo, en el bar, mis amigos hablan de fútbol cuando no de Cospedal y esta interminable crisis económica y social, los excesos del capitalismo, los fraudes fiscales, la corrupción de la clase política y otros síntomas de la podredumbre tan grave como evidente que sufre nuestra sociedad. Una enfermedad que nos sacudimos una y otra vez, como un perro que intenta librarse a patadas a ciegas de sus pulgas, pero que no sabemos curar porque la causa misma vive dentro de nuestro ego.
Y es que si nuestro mercado emocional funciona como la Bolsa, igual ocurre al contrario. Así que podéis llamarme inocente, pero os digo que pensar en el de al lado no duele. Y esa me parece una premisa obvia, lógica, revitalizadora, necesaria y olvidada.
Olvidada porque todos nos queremos mucho, pero en el sentido equivocado y con el burro delante. Y así es como no pedimos perdón si no se disculpa el otro primero; así es como el trabajo y el dinero se convierten en prioridad; así es como ''mientras a mí no me pase...''; así es como la especulación, la robotización y la supresión de puestos de trabajo... Así es, en definitiva, como enfermamos y desaparecemos.
Pensar en los demás no duele. Y, si lo hiciera, me quedo con el concepto de Machado y Rosalía: mejor dolor que no sentir nada (los robots se pueden quedar en Japón).
Tale of a one night stand
I slept with myself
and woke up without her.
Don't get me wrong,
the pleasure was intense
and she performed precisely,
but I had to leave me:
it was late; she was drunk
and we both felt lonely.
There was no other option,
she would have expected a call...
that would never come,
and forever hate me
because I'll never make it and,
even if I did,
there is no way she'd ever answer it.
Yuck, sexual politics.
Dame tu cintura y págame las copas
Tenemos el ego malacostumbrado,
maldibujado e ingenuo tú;
corazón.
esta crisis ha acabado
ya con dos o más Mc Donald's,
¿cuánto crees puede quedar
para que llegue nuestra hora?
No te equivoques cielo;
Carpe Diem ya no está de moda,
y seamos real-nihilistas;
tampoco ha sido tu elección
como esas gafas,
hoy la prisa es condición sin equanon.
créeme,
y no a tus amigas
que sé algo más de coños, tragaperras y bebidas corrosivas
que de martillos pilones, caballos y deportivas.
ergo moriré orgullosa;
soy más hombre que tú en lo que de verdad importa.
dice Red
que todos sabemos demasiado
sobre cómo no ensuciarnos
las manos cuando asesinamos,
y así el mundo
se torna tan vibrante como peligroso,
(bonita analogía del fuego la que acabamos de encontrarnos).
en fin,
hombres del mundo
(o lo que es lo mismo, mujeres),
sangre fría y placeres,
ese es mi consejo,
¿qué más queréis?
(enlightening) lighters
Otra vez se me olvidado el mechero en tu cama.
Solía pensar que tus sábanas lo guardan mejor que yo,
pero el verano es largo, y hace calor.
Voy a dejar de fumar.
mejor una espina que cero
tengo algo encerrado en el pecho. pensé que era una caja, una pastilla atascada o algún moratón pasajero. pero cada día se parece más a un cuerno de rinoceronte, duro, rajado y negro. que no se clava, porque sale de dentro.
creo que es un recuerdo. o dos. de tus dedos y de la caja de tu pecho. tú si tienes una caja. un armario. un misterio. recuerdo sentir, al tocarte, el poroso tacto de los huesos. la albura de un papel vacío que me miraba, altanero.
desde alguna parte recuerdo sentir miedo. no el motivo. sino el miedo.
echo de menos el miedo.
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